De entre los momentos más aterradores de toda mi vida, está cuando por libre y sensual albeldrío fui a cubrir un rescate al Segundo Dinamo ubicado al sur de la ciudad. Un joven y no tan sensual puberto de 20 años cayó 15 metros después de practicar rápel extremo con dos de sus amigos, así que mi amigo Emy, reportero de Proyecto 40 fue avisado. Me subí a su moto pensando en to-do menos en que el cabrón maneja -literalmente- a no menos de 100 km/hr, ratoneando entre los coches, hablando por los tres teléfonos que le cuelgan en el cuello y acelerando cada vez más.
Fue cuando pensé en todos los reporteros que cubren la fuente de policía, ya saben, esos pobres que salen corriendo cuando avisan que hay un Z-10 en Naucalpan, que hay un Z-5 en la Bondojito o un Z-14 en la Nápoles. Ellos, quienes deben llegar antes de que el MP arribe para tapar al muerto con la manta blanca, arriesgan su propia vida para cubrir la muerte de otros.
La verdad es que en esto sólo pensé los primeros diez minutos del trayecto centro-sur de la ciudad. Los quince minutos restantes intenté rezar porque creí que en esa motocicleta moría como muchos colegas lo han hecho, olvidé el nombre de todos los santos que me sabía, no podía pasar a la segunda parte del Ave María y para finalizar en gran acto me hiperventilé y quedé practicamente desmayada en el asiento trasero de la moto. Cuando desperté, Emy manejaba en sentido contrario sobre la lateral del Periférico:

Después de cubrir el famoso rescate mandé mis fotos al periódico y supe que todo este esfuerzo sería recompensado con una bonita ilustración con mi nombre pegado al costado. Aún así, lo peor pudo haber pasado pero supongo que en este oficio a esto te debes acostumbrar: Un nuevo día, un nuevo muerto.

¿O no?